domingo, 29 de julio de 2007

EL TEATRO

La sala rebosaba de gente, los atuendos eran de un sin fin de telas y colores, un arco iris radiante, como paletas de los pintores impresionistas.

Era tan obvia la diferencia entre los palcos y las butacas lejanas, no solo por sus distancia con respecto al escenario, sino por sus diferentes vestidos y arreglos.

Pero todo esto se empequeñecía por el protagonismo de la orquesta. Cada uno de sus integrantes ejecutaba con precisión sus partituras.

Violines, chelos, flautas y piano se imponían arrogantemente. Pero casi perturbador eran las siluetas dibujadas por los movimientos del brazo y la batuta del director, pareciéndose a un teatro de sombras chinescas.

Las figuras que se proyectaban me llevaban lentamente a un sopor agradable, era como si me encontrara levitando, navegando en un mar de aire. Veía desde lo alto los espectadores. Las mujeres con sus peinados recogidos, y los hombres ataviados en negros trajes, ya no había diferencias, veía a todos por igual.

Pasaba sobre la orquesta, casi sintiendo el olor a madera de los instrumentos y el perfume a lavanda de los músicos.

Me invadía una paz y tranquilidad inusual. De pronto mi compañera sacudió mi brazo de una manera disgustada, evaporándose la dulzura del momento.

Me miraba fijamente y en sus ojos se podía leer el disgusto que le causaba el haberme quedado dormido

1 comentario:

Carmen dijo...

Tal escrutinio inicial lo debe haber agotado. Además, es maravilloso abstraerse del contexto para mecerse en los compases de Vivaldi.